Fiesta del charco.

Captura de pantalla 2019-05-08 a las 18.41.40Grau Bassas, el que fuera el primer conservador que tuvo el Museo Canario, dejó escrito en el año 1887 tras una visita a las fiestas de El Charco de La Aldea de San Nicolás, que aquellas gentes eran “algo del demonio, por lo incansable”, y que él, particularmente, salió del pueblo un tanto tocado. “Yo salí loco”, vino a decir en los papeles textualmente.

La fiesta de El Charco, en el que es el pueblo más alejado de Gran Canaria, en definitiva una isla dentro de otra separada por una orografía tan brutal que era mejor ir por mar que por tierra, es una de las grandes reliquias vivas -y aún rebosante de vitalidad-, que atesora Gran Canaria.

Los textos más antiguos ya relatan el acontecimiento, que tiene mucho que ver con la fuerza del mar. Es en estas fechas de principios de septiembre cuando las mareas se hacen más atrevidas y al subir la altura crea en la desembocadura del barranco de La Aldea lo que se denomina una Marciega. Es decir, una pequeña laguna de agua salada en la que quedaban atrapadas las lisas, un pez, en principio, de gran tontería incapaz de ver lo peligroso de esas pequeñas trampas.

Según diversas teorías, los antiguos canarios utilizaban estas charcas divorciadas del océano para practicar a fondo la recolección. Con los peces dando vueltas y sin escapatoria, se le echaba al agua salada la savia tóxica de diversas plantas, como los cardones y tabaibas, que allá las hay por kilos. Los peces quedaban lelos, narcotizados por la espesa y pegajosa leche blanca. Más tontas que nunca, la lisas apenas ofrecen resistencia, y con cualquier arte de fortuna, igual un barreño que una red, los lugareños se hacían con unas sustanciosas zafras de pescado.

Esto fue así hasta el 23 de agosto del año 1776. El obispo Francisco Delgado Venegas, un siglo antes que Grau Bassas, también tuvo el mérito de superar los profundísimos barrancos y los angustiosos riscos que van a parar a La Aldea. Y contempló, allí en directo, lo que a él en particular le parecía una costumbre de salvajes no cristianizados. Le llamó la atención al obispo la desnudez de los cuerpos de los participantes en esta particular pesca, más que el sistema en sí mismo, de mucha mayor relevancia.

El obispo, para tratar de que las formas no se aliaran con los truculentos designios del Maligno, “enseñando cosas que no son para ser vistas” mandó vestir a la concurrencia, con sus zapatos y sus vestidos, bajo pena de multa por un valor de cuatro ducados y sus 15 días de cárcel.

Hoy, cada 11 de septiembre, El Charco de La Aldea mueve otra corriente que tiene final alrededor de la fantástica playa del pueblo. Allí, antes de que el alcalde tire el volador, como es norma, se congregan en círculo, abrazando el charco lleno de peces, miles de personas que, cada año con mayor éxito, van vestidas a la antigua tal como mandó el obispo aquel aciago día del siglo XVIII.

El disparo pirotécnico tiene lugar a las cinco de la tarde. Una vez que explota todos a una corren hacia el interior de la Marciega en un espectáculo que culmina con el agua hirviendo de gente. Y no cabe un alma más. Ni siquiera las propias lisas que comienzan a saltar en los fondos de los barreños y los baldes. Las lisas capturadas se exhiben en alto, como un triunfo tan antiguo como una localidad que fue de las primeras de Canarias de las que se tiene noticia, porque desde mucho antes de la Conquista, en 1352, ya fue base de los misioneros mallorquines.

Pero también hay hasta quién las besa, las acurruca y las devuelve al océano, para esperar su regreso hasta el Charco que viene. Aunque lo más tradicional es que comience de nuevo, una vez agotada la pesca, otro acto parrandero, que no es otro que el de montar brasas, quemadores y fueguillos durante toda la noche para freir a aquella lisa tan tonta que confundió mar mojada con tierra seca.